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1.2.11

Personajes. Adolph Bunker Spreckels III, el lado oscuro

Adolph Bunker Spreckels III (ABS III), californiano, rubio, espigado y bronceado, la imagen tópica se esfumaba en cuanto se le veía enderezarse sobre la tabla de surf, girarse, crecer, arrodillarse, flotar, usar a su antojo crestas y llanuras, volar y sobrevivir airoso como un acróbata a las olas verticales de las playas de Hawai. Todo en su estilo era animal, la tabla, su sostén, la que te mueve, te empuja, te rescata. Mientras la tuvo (durante 18 años), todo fue bien, cuando la abandonó, Bunker se descentró, engordó y se perdió, "Cabalgar las olas limpia el cuerpo, y si se hace entregado, también el espíritu", le dijo al periodista, amigo y surfista C. R. Stecyk en su última entrevista, ésta se recoge ahora en el libro de Taschen Bunker Spreckels surfing's divine prince of decadence, con fotografías de Art Brewer, también colega deportivo de Bunker y editor del Surfer Magazine.


Hubo una época en que estaba convencido de que ser bueno en el agua exigía ser mejor persona. Luego todo cambio, "Luego supe que cualquier surfista puede ser un gilipollas", "Goza del presente y no confíes lo más mínimo en el mañana". Carpe diem, que decía el poeta Horacio allá por el siglo I antes de Cristo. En ningún sitio consta que Bunker estudiara latín (su futuro se proyectó como corredor de Bolsa), pero el significado de la frase lo aprendió bien desde chico. Con Clark Gable, el famoso actor, su padrastro.

Siguiendo tal consejo, Bunker consumió cada día de su vida como ola gigante que todo lo arrastra, no conocía el miedo, ni en líquido ni en sólido y entre tanta subida, tanta adrenalina, tanta bajada, no parecía sentir ni frío ni calor... Murió Gable, al que quería, el que le enseñó las cosas de la vida que no le contó su padre verdadero, el que le habló de la banalidad de Hollywood, de los secretos de mujeres el que le inculcó el gusto por la lectura, la técnica del látigo, los cuchillos y el lazo. Murió Gable, y su hijastro solo dijo, "Sí, estuve triste un rato por su muerte; un día o así".



Bunker, el niño pijo, se hizo hippy en los sesenta, se alejó del dinero y la comodidad familiar, se ganó el sustento fabricando sus propias tablas de surf, llenó con su nombre, su historia, su pericia, su cuerpo sumergible y bien dotado, las playas de Hawai, en un tiempo en que el surf era ya cosa de mortales que sorbían las olas y las perseguían por el mundo: camionetas, vestidos y mentalidad flowerpower, mucha fiesta, mucho coche, mucho rock and roll, mucha marihuana, muchas drogas y el LSD que completa la emoción de la subida, la bajada, el giro, el grito, el desenlace. "Todo el mundo era un rebelde con causa o sin ella".


El surf era para él la vida, la provocación, el reto, el riesgo... el poder del agua, del sol, del viento, y el tirón milenario de una tradición, una técnica que él, al que los nativos de Hawai consideraban un príncipe reencarnado, aprendió de los grandes Beach Boys de Waikiki y que sus ancestros, los Spreckels. Su padre real, el biológico, vividor y representante perfecto del espíritu aloha del cine de Elvis, se fundió 50 millones de dólares de la época y antes de él, el creador de tal fortuna, su abuelo. el barón Klaus von Spreckelsen, nacido en Hannover, de raíces vikingas, emigró a América en 1846, se dedicó a negocios de ultramarinos en Nueva York y luego a la cerveza en la costa Oeste. Klaus acabó siendo Claus, convertido en magnate de la industria azucarera e intimando con David Kalakaua, último rey de Hawai. "Si miro en mis notas sobre mi familia, veo la palabra corrupción. Corrupción. Sobornos con opio. Regalos al rey", dice el nieto.



Cuando ya era medianamente conocido, Bunker lo intentó, hacerse invisible, pasar inadvertido, se escondió en el bosque en pos de una existencia natural, para huir de su condición de hijastro de Gable, de los pedigüeños de autógrafos, de los que le creían ya carne de paparazzi, de las chicas que se le pegaban por su digno arte de cabalgar olas y la fortuna que se le suponía.

La familia lo intentó todo para sacarle del charco, le enviaron psiquiatras a la playa, a las casas que compartía, pero no hubo modo. Sin que nadie pudiera evitarlo, Bunker heredó la fortuna azucarera de su abuela materna a los 21 años, ese día se fue al banco en coche, lo sacó todo en efectivo, lo guardó en su "cueva" y se dedicó a gastarlo sin más. Su paisaje playero mutó en otro repleto de coches y guardaespaldas, de mujeres sin nombre, de escenarios y hoteles para desparramar por el mundo.

En las relaciones con chicas apareció Ellie, se mantuvo a su lado tres años acompañándole hasta que ya no pudo ser, hasta que mutó de hippy surfista a playboy hortera, se llamaba a sí mismo "The Player", e hizo de su propia vida una representación, con camaras y fotógrafos que le seguían por el mundo y daban testimonio de sus locuras, una suerte de pionero del Gran Hermano. Su vida acabo con una sobredosis de heroína a los 27 años (1949-1977).

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